De alimentación infantil: «¡Esto no me gusta!»

En la alimentación de los niños existen algunos patitos feos a quienes nadie parece comprender: las legumbres, el pescado y algunas las verduras son frecuentemente rechazadas por su sabor peculiar, por su textura o por la presencia de hilos y espinas. Los padres consultan frecuentemente a Tu Web de Nutrición sobre cómo resolver éste problema.
No existe una forma de definir por qué un sabor le resulta desagradable a una persona, pero la educación del gusto o de las preferencias alimentarias empieza a edades muy tempranas. Ninguna comida sabe igual que la de nuestra infancia, ni muchísimo menos existen unos macarrones tan deliciosos como los que nos hacía nuestra abuela, y la tortilla de patata de nuestra madre no sabe como otra en el mundo.
Incluso la lactancia materna está condicionada por esos sabores que nos marcan, porque la leche de la madre modifica su sabor según lo que ésta ha ingerido. Es conocido cómo determinados alimentos dan un sabor particular a la leche materna, como las cebollas, alcachofas o espárragos.

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La preferencia de los niños por determinados tipos de alimentos vendrá también determinada por el exceso de consumo de alimentos precocinados en el ámbito familiar. Los alimentos preparados en casa, desde la bollería a la masa de las croquetas o las hamburguesas o las patatas fritas caseras,  contienen cantidades mucho más reducidas de sal, grasas y azúcares, y los aromatizantes que utilizamos en la cocina doméstica suelen ser de origen natural (limón, vainilla, especias), lo que condicionará un rechazo de los niños acostumbrados a este tipo de alimentos, a otros de sabores más fuertes.

¿Qué estrategias podemos utilizar los padres para que nuestros hijos no rechacen determinados sabores?

          ?A partir de los seis meses suele empezar la introducción de la alimentación complementaria. La leche materna es dulce, contiene más azúcares que la de vaca; los cereales son dulces, por lo que suelen ser bien aceptados por los niños. Se recomienda introducir los nuevos alimentos de uno en uno y esperar unos días para observar la tolerancia y que no se produzcan reacciones alérgicas. El pediatra ajustará estas recomendaciones a las necesidades de cada niño.

                   ? Al introducir las frutas, procurar ofrecerlas en su punto óptimo de maduración. Se recomienda no abusar de la batidora para preparar las papillas de los niños. Así, una pera muy madura estará muy dulce y blandita; chafándola con un tenedor, el niño podrá apreciar el sabor y aprenderá a sentir una textura totalmente distinta de la de la leche. Otros alimentos que podríamos darle al principio: un gajo de mandarina madura, sin el hollejo exterior, o unas cucharaditas de zumo de naranja sin azúcar, o una compota de manzana. Es imprescindible acercar al niño a los alimentos nuevos sin forzarles, poco a poco, comprendiendo que para ellos es una novedad y respetando sus tiempos y no dejar de ofrecerle cosas nuevas simplemente porque al principio se le hacen extrañas.

                ?Cuando los niños son un poquito mayores, no mostrar ante ellos ningún tipo de distinción entre unos u otros alimentos. Si les ofrecemos pescado como si les estuviésemos sometiendo a algún tipo de penitencia, ellos lo rechazarán. Durante los primeros años se recomiendan pescados totalmente limpios de espina, como el rape, la tintorera, el ángel o cazón. Eso nos dará absoluta seguridad a los padres y será un factor en contra del rechazo hacia ese alimento.

              ?Si algún alimento le cuesta un poco más que el resto, deberíamos procurar mezclarlo con algo que sea de su agrado. Por ejemplo, si no le gusta el pimiento, podemos mezclarlo en el sofrito de la pasta, que sí le gusta, o con unas albóndigas, en la salsa.

                 ?Si el rechazo hacia algún tipo de alimentos es radical, debemos comprobar, en primer lugar, que ese rechazo no esconda algún tipo de intolerancia. Una vez descartado este punto, explicarle que los gustos pueden modificarse con el tiempo y ofrecerle de vez en cuando una pequeña cantidad, para comprobar que todavía no le gusta. Valorar positivamente el gran esfuerzo que ha hecho al probarlo y felicitarle por no cerrarse herméticamente ante los sabores nuevos.

Por último, los niños no aprenden sólo de lo que los padres les decimos, sino, básicamente de lo que hacemos. No pretendamos que nuestros hijos coman sano si no nos ven hacerlo.  No basta con predicar que hay que comer fruta todos los días: debemos procurar comprar fruta apetecible, variada, en su punto de maduración y, sobre todo, que nos vean comerla.

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